Impacto psicológico del apagón en España: La psicóloga, Diana González, analizan la resiliencia y cómo gestionar la ansiedad.
Un evento sin precedentes que puso a prueba la resiliencia ciudadana, analizado por la psicóloga Diana González Cano
Eran las 12 y 33 minutos del mediodía del 28 de abril de 2025 cuando España se fundió a negro. Un apagón generalizado e histórico paralizó el país, afectando a la actividad comercial, industrial, las comunicaciones, el transporte (carreteras, trenes, aeropuertos) e incluso centros tan vitales como hospitales y colegios. Millones de ciudadanos experimentaron de repente cómo la tecnología se volvía inútil; desde las luces y electrodomésticos hasta algo tan cotidiano como enviar un mensaje, llamar por teléfono o consultar internet se convirtió en tarea imposible.
La sorpresa inicial dio paso rápidamente a la incertidumbre. Las preguntas se agolpaban: ¿Qué había ocurrido? ¿Cuánto duraría esta situación insólita? La falta de información concluyente en los primeros momentos alimentó la inquietud en una sociedad altamente conectada y dependiente de la electricidad. Testimonios recogidos durante el evento reflejaban la angustia: la preocupación por familiares en hospitales, la imposibilidad de contactar a seres queridos, la frustración por negocios paralizados y la sensación de desorientación al no saber a quién dirigirse.
Dos semanas después de este evento sin precedentes, las causas exactas del apagón aún se investigan, pero sus consecuencias, más allá de las económicas y logísticas, empiezan a ser analizadas desde la perspectiva de la salud mental. La psicóloga Diana González Cano ha abordado el impacto psicológico de esta experiencia, calificándola como «una situación tanto histórica como emocionalmente muy impactante».
González Cano señala que, si bien no se ha observado una ola masiva de trastornos de estrés postraumático, sí ha habido una parte de la población que experimentó miedo y reacciones de ansiedad e incertidumbre. La «sensación de vulnerabilidad» y la «frustración» ante la imposibilidad de contactar a seres queridos o saber algo tan básico como si se podría recoger a los hijos del colegio, fueron emociones comunes. La preocupación por los pacientes en hospitales también generó una gran inquietud, a pesar de que estos centros cuentan con sistemas de autoabastecimiento.
No obstante, la psicóloga destaca la «capacidad de resiliencia» demostrada por la población. «Hemos visto que afortunadamente sí que somos capaces», afirma, señalando que, en general, la reacción ciudadana fue «bastante sensata». La gente buscó soluciones ingeniosas con los recursos disponibles (velas, radio, opciones de comida fría) y, en gran medida, se evitó sobresaturar las líneas de emergencia con situaciones no críticas. Esta «estructura más ingenua» y la capacidad de adaptación fueron clave para mantener el tipo.
El apagón también puso en contexto las advertencias previas de la Unión Europea sobre la importancia de tener un kit de emergencia con suministros básicos para varios días. Muchos hicieron «oídos sordos» a estas recomendaciones, pero una parte de la población sí se alarmó y, para ellos, el apagón pudo validar sus miedos preexistentes. Esto podría relacionarse con el «síndrome de Casandra», la sensación de predecir un futuro que otros no ven y no poder hacer nada para cambiarlo, generando mayor estrés, posibles trastornos del sueño o ansiedad generalizada en personas más sensibles o propensas a rumiar pensamientos negativos. Si estos síntomas persisten e interfieren en la vida diaria, la psicóloga recomienda buscar ayuda profesional.
Abordar el apagón con los más pequeños requiere un enfoque protector y tranquilizador. La misión de padres y educadores, según González Cano, es no manifestar pánico, mantener la calma y explicar la situación de forma sencilla y honesta. Convertir la experiencia en una «aventura» dentro de lo posible, manteniendo rutinas y haciendo uso de recursos alternativos (velas, radio, juegos), ayuda a los niños a sentirse seguros y a no invalidar sus emociones, sin sobreactuar ni mentir sobre lo sucedido.
El gran apagón de España de abril de 2025 fue un recordatorio contundente de nuestra dependencia de la energía y nuestra vulnerabilidad. Sus efectos psicológicos, si bien en la mayoría de los casos fueron reacciones agudas y adaptativas de estrés e incertidumbre, resaltan la importancia de la preparación individual (kits de emergencia), la gestión de la información (evitar rumores) y, sobre todo, la fortaleza de los lazos comunitarios y la resiliencia mental colectiva e individual para afrontar eventos inesperados.