22 April 2025  /  María Arévalo

En el programa anterior “El rol del salvador” se hacía hincapié en la  importancia de “soltar” aquello que no nos corresponde, que nos hace daño y  que escapa a nuestro control. Esta cuestión que parece tan lógica, se convierte  en tarea difícil para algunas personas.  

¿Por qué necesitamos controlar? 

El principal objetivo que se persigue con el control es: no sufrir

La persona piensa que si lo tiene todo controlado no sufrirá en el futuro.  Este pensamiento es desencadenado por una emoción: el miedo excesivo que  sienten algunas personas ante todo lo malo que puede ocurrirles a ellas mismas  o a sus seres queridos. Por eso, inician estrategias de control con el objetivo de  evitar aquello que consideran peligroso. ¿Os imagináis tener que controlar  todo aquello que supone un peligro REAL para nosotros o nuestro  entorno? 

Lo que genera la necesidad de controlar es que: 

Creemos (erróneamente) que tener el control de la situación es sinónimo  de tener el poder, y eso nos hace sentir bien. 

Cuando sentimos que todo está bajo control nos sentimos seguros. Para algunas personas, el control se convierte en la estrategia “perfecta”  para gestionar la ansiedad, el miedo o la incertidumbre. 

Personas que han sufrido pérdidas o situaciones traumáticas utilizan el  control para seguir manteniendo lo que tienen en el presente y no volver  a experimentar el dolor de la pérdida. 

Personas con poca confianza en sí mismas tienden a controlar su entorno  como una manera de compensar su inseguridad e inestabilidad personal.  Ponen en el foco fuera de ellas, en lugar de mirar dentro. 

Características de las personas que necesitan tenerlo todo bajo control. 

Trabajan con muchas expectativas y esquemas rígidos. Si las cosas no  salen como esperan sienten malestar. 

Excesivo sentido de la responsabilidad.

Son perfeccionistas, y eso las lleva a no estar satisfechas con lo que  hacen, sintiendo insatisfacción continua y agotamiento. 

Asumen todas las responsabilidades y les cuesta delegar en otras  personas porque piensan que los demás no van a hacerlo tan bien como  ellas. 

Piensan que está en su mano resolver y/o evitar problemas. Se añaden  una responsabilidad que no les corresponde, la misma responsabilidad  que en el futuro les generará esa sobrecarga. 

Tienen dificultad para gestionar el estrés. Se desbordan con facilidad, por  eso intentan “evitarlo”, sin darse cuenta de que esa “evitación” del estrés  las hace vivir en un estado de alerta continuo que les genera estrés en sí  mismo. Viven en una espiral de estréscontrol queja. 

Cuando los demás no actúan como ellas esperan se frustran. Cuando se encuentran en una situación que no controlan se sienten inseguras. 

Les cuesta encajar los cambios y los imprevistos. 

Viven en el futuro, ya que su principal objetivo es evitar posibles  problemas para poder resolverlos de forma inmediata si se presentan. 

Consecuencias 

Al principio, el control genera una sensación falsa de alivio y de seguridad,  pero el control mantenido en el tiempo genera agotamiento, estrés y  ansiedad. Parece incongruente utilizar el control como una forma de aliviar el  malestar, y precisamente es ese control el responsable de la dinámica  destructiva en la que te encuentras. 

El control termina afectando a la persona en sus distintas facetas: la  personal, la laboral, los vínculos, etc. 

En el plano personal, la persona se olvida de sus propias  necesidades, al estar pendiente de lo que ocurre fuera y de evitar problemas  futuros, por lo que quita el foco del presente y de sí misma. 

En los vínculos se genera un desgaste considerable porque la  persona está pendiente de cómo actúan los demás, incluso pueden aparecer 

exigencias o reproches si no actúan de acuerdo a su punto de vista. Por otro  lado, cuando las personas intentan llevar las riendas, los demás pueden  cansarse de tener que hacer siempre las cosas como otra persona diga. 

Por ejemplo: cuando una persona se queja de que una situación o persona  le genera malestar, y en lugar de replantearse un cambio ella misma,  como es “soltar” el control que está ejerciendo, su intención es que la otra  persona cambie, sufre un agotamiento emocional que deriva en síntomas  ansiosos y/o depresivos. Esto es muy frecuente en algunos padres que  están sufriendo con los hijos y viven en una queja continua, pero cuando  les planteas hacer cambios y desvincularse un poco de la situación, NO  de su hijo, sino de la situación, la primera pregunta es ¿Cómo lo voy a  dejar sol@?, ¿Cómo voy a abandonarl@? 

*Muchas veces no nos damos cuenta de que el control, lejos de ayudar a  resolver la situación, hace que se mantenga en el tiempo esa situación  que tanto daño está haciendo. 

En el ámbito laboral, tienen dificultad para concentrarse y se restan  productividad debido a su perfeccionismo, ya que no se encuentran satisfechos, llegando a sentir que no son válidos en el trabajo. 

Cómo abordarlo 

Lo primero que hay que tener en cuenta es que el acto de “soltar” y por lo  tanto “no controlar” está relacionado con el bienestar emocional, ya que reduce  la ansiedad y el estrés. 

Con ese acto también se trabaja el desapego (aprender a desvincularte  de personas, situaciones, cosas, etc.). 

  1. Tomar conciencia de porqué sientes la necesidad de controlar:  Por inseguridad. 

Por alguna pérdida con la que sufriste mucho. 

Como manera errónea de gestionar tu ansiedad y tu estrés. 2. Hacer una lista de todo aquello que intentas controlar. Pregúntate por qué y cuál es el objetivo. Pregúntate si ese control está dando el resultado que  esperas.

  1. Darte cuenta de que aquello que no controlas o que surge de forma  imprevista no tiene por qué ser negativo. 
  2. Aprender a gestionar la incertidumbre, entendiendo que no siempre  vamos a saber lo que va a ocurrir. También es importante entender que va a pasar lo que tenga que pasar, te preocupes o no te preocupes, controles o no  controles. *Sufrimos más por lo que imaginamos que por la realidad. 
  3. Entender y aceptar que no puedes controlarlo todo, puesto que hay  muchas cosas que escapan a tu control porque no dependen de ti. Sería  bueno aprender a diferenciar qué situaciones o factores dependen de ti (actitudes, sentimientos y comportamientos) y cuáles no (los imprevistos,  opiniones y decisiones de los demás). 
  4. Entender que controlarlo todo genera estrés y desgaste emocional. El  control te hace creer que vas a evitar un problema y sientes alivio  momentáneo, pero a largo plazo estás contribuyendo a vivir en una dinámica  de estrés, ansiedad y queja continua que se vuelve destructiva y obsesiva. 
  5. Desmontar las etiquetas catastróficas que giran en torno a “dejar de  controlar”. Siento que soy mala persona, que estoy abandonando a alguien,  que va a ocurrir algo malo si no me encargo de la situación, etc. 

De todas las pautas mencionadas, quiero hacer especial hincapié en la  segunda: Pregúntate si el control que estás aplicando está dando el  resultado que esperas. La respuesta es un NO rotundo. El control te lleva a  una dinámica obsesiva en la que tu mente deja de pensar, y solo actúa, por  supuesto de manera errónea, poniendo en práctica el mismo patrón desde hace  tiempo, sin darte cuenta de que no está teniendo efecto. Ante esto, si estás  optando por un camino y no da resultado, cámbialo.